PRÁCTICA 5, Andrea Lucas Llobet


A ver, yo no suelo creer en estas cosas, pero esto me lo dijo alguien que estuvo ahí. Resulta que en una casa vieja, de esas que parecen detenidas en el tiempo, encontraron una tetera de plata que, atención, ¡empezó a “revivir” recuerdos! 😳


La misteriosa historia de Serafín

En aquel despacho antiguo, el tiempo parecía haberse detenido. Los libros dormían en los estantes, las cortinas dejaban pasar una luz dorada que acariciaba el polvo suspendido, y cada objeto parecía guardar un suspiro. Sobre el escritorio, entre papeles amarillentos y retratos olvidados, descansaba una tetera de plata. Su brillo, apagado por los años, conservaba el eco de días más luminosos.

Serafín había nacido en manos de un orfebre que amaba la belleza y la precisión. En su superficie, el hombre grabó pequeñas flores y hojas con la paciencia de quien entiende que el tiempo también puede tallarse. Durante años fue el corazón de una casa alegre: acompañó risas, secretos y tardes en las que el té parecía tener el sabor de la felicidad. Cada aroma, cada palabra, quedó guardada en su interior.

Pero los años traen consigo el olvido. La familia desapareció, la casa se vino abajo y Serafín quedó sola entre los restos. Pasó de mano en mano, sin rumbo, hasta que un coleccionista la colocó en su despacho, como si fuera solo un adorno. Desde entonces, nadie volvió a tocarla. El silencio se instaló, y el tiempo siguió su curso sin pedir permiso.

A veces, cuando la luz del atardecer se posaba sobre ella, la tetera recordaba. Recordaba el vapor, las voces, los rostros que se inclinaban para oler el té recién hecho. Recordaba el calor de las manos que la sostenían. Y en esas horas de quietud, algo en su interior parecía aún vivo, como un recuerdo que se niega a apagarse.

Años después, cuando el coleccionista murió, el despacho quedó cerrado. Polvo, moho y silencio lo cubrieron todo. Hasta que un día alguien abrió la puerta: un joven heredero que, sin saberlo, traía de vuelta el aire y la luz. Caminó entre los objetos con la indiferencia de quien ve solo polvo y metal, pero al pasar su mano por la superficie de la tetera, algo cambió.

El calor de su piel despertó la memoria dormida. Un brillo leve recorrió el metal, y, cuando el vapor del hervidor llenó la habitación, una neblina salió de la tetera. En ella se dibujaron sombras: una mujer sirviendo té, niños riendo, una casa que ya no existía. No hubo sonido, solo imágenes suspendidas, frágiles como los recuerdos que se resisten a morir.

El joven observó en silencio. Y, cuando las figuras se desvanecieron, algo en la habitación pareció respirar.

Desde entonces, Serafín volvió a tener un propósito. Ya no hubo risas ni conversaciones, pero la luz entraba diferente, más cálida. Y cada mañana, cuando el sol tocaba su superficie, el metal devolvía destellos de memoria: rostros, gestos, momentos que el tiempo aún se negaba a borrar.

Serafín comprendió entonces que nunca había contenido té. Había contenido vida.
Y siguió allí, en silencio, guardando historias que solo ella recordaba.




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